A los RambaZambas les interesa la revolución

A los RambaZambas les interesa la revolución

¿ A quién interesa hoy día la revolución ?  Seguro a los actores del grupo teatral RambaZamba Berlin, que han presentado su versión de Les miserables (los miserables) del escrito francés Victor Hugo.
Kay Langstengel y Enya Hutter han logrado reducir la monumental obra a una puesta en escena que alcanza poco más de dos horas y a una argumentación que desconsidera extensos detalles concentrándose en  la tónica principal de la narrativa : el destino de Jean Valjean.

Extraordiario: Sven Normann © Holger Rudolph

Extraordiario: Sven Normann © Holger Rudolph

Andamios en la laterales y al fondo del escenario, una puerta, por la cual entran y salen los personajes. El espacio, sin embargo, se mantiene vacío. Por el, arrastra Jean Valjean, interpretado por Christian Behrend, un armazón de metal. A el se suman susurros, gritos y risas, además de un radio que anuncia la liberación del ex prisionero.

Tras poco tiempo aparece el religioso Myriel con su discurso de benevolencia y compasión, defendido con convicción y una fina nota de ironia por Sven Normann. Gracias a la intervención del obispo puede Jean Valjean librarse de un segundo retorno a la cárcel, una vez que éste llega a robar una vajilla de plata perteneciente a Myriel, que lo perdona y le ofrece  los candelabros de plata, haciéndole prometer que redimirá su vida y se transformará en una persona de bien.

Jean Valjean reaparece en el otro extremo de Francia, bajo el nombre de Monsieur Madeleine y realiza su autorrescate: enriquecido por medios honestos, se convierte en el benefactor de la ciudad de Montreuil-sur-Mer y es nombrado alcalde.

El conflicto está puesto.

Con este montaje de ‚los miserables‘ RambaZamba ha logrado una puesta en escena que permite el error, aunque le falte la presencia refrescante de la improvisación. La aparición explícita de apuntadores o detalles escénicos que no funcionan vienen a, curiosamente, intensificar la elocuencia de esta versión que parece no preocuparse en agradar o no agradar, tampoco la interesa dialogar con cánones estériles o dictámenes obsoletos. En ella no se intenta perfección, más bien el ejercicio de un lenguaje que se esfuerza por definir y garantir su propia lógica.